Viajando sin rumbo en Centro América…


No hay coincidencias, no hay coincidencias me sigo repitiendo. Mis vacaciones agendadas dieron un giro súbito y mi primer plan se canceló, cuando una muy buen amiga me dio las malas noticias de que le sería imposible estar de vacación en la semana que tomé pues por trabajo estaría en mérida toda la semana. Con el tiempo tomado ya, habría que aprovecharlo de la mejor manera y sirvio para dar un gran viaje sólo. Mi primer pensamiento fué continuar la ruta maya que empece el verano pasado por Chiapas y que toco mi centro energético de una manera muy especial y seguir por Guatemala, en el mapa aparece siempre cerca con su pequeño Belice como brazo, y me causaba mucha intriga que habría para mi allá.

Domingo 18:00 hrs…

Sé que debo comprar mi boleto de avión para este viaje pero aún no sé si tendré que hacerlo directo a Guatemala o no. Mi buen amigo alex me recomienda en tono de broma y en serio que vaya de pasada a Belice. Me quedo pensando y digo… que demonios pues vamos…

Inicia el viaje

Llego a Chetumal sólo para incorporarme a uno de los camiones beliceños que te llevan hasta la frontera con el país isleño y que parten del Centro de Chetumal. Mi primer duda es… cuál es el tipo de cambio? aceptarán pesos? pronto me dicen que si aceptan en el camión pero que llegando deberé cambiar los pesos que traigo encima. (me previne con dólares por cualquier cosa). En el camión soy un extraño no hay un sólo extranjero turista, sólo beliceños que acostumbran cruzar la frontera para caminar.

Al cruzar y llegar a la ciudad de Corozal en Belice, me encuentro con un taxista que me da la bienvenida y me ve cara de dólares mientras me da la mala noticia. No hay lanchas que vayan a esta hora a San Pedro una de las islas del caribe de las que salen los paseos a los arrecifes. Demonios!! y ahora hasta cuándo? Al mirar mi desesperación me da una segunda opción volar en avioneta. Viendo los precios vs tiempo no me parecen nada descabellados algo así como USD 350. Vuelo con otros tres pasajero y me sorprende un paisaje del mar caribe que sólo cuando estas de frente puedes describir. WOW.

Mi primera gran impresión, al llegar lo primero que hago es hablar con algunos nativos y preguntarles por recomendaciones de hoteles baratos en la zona para quedarme, no busco lujo ni nada. Se me quedan viendo con cara de ” este no sabe a donde ha venido” . Mi mirada sólo dice “no puedo decir lo contrario, se me ocurrió venir ayer jaja”. Me recomienda un hotel llamado palms, el resultado un raspón muy fuerte en mi presupuesto. Tan pronto llego a mi habitación me cambio y me alisto para dar la primer caminata, puedo ver unas calles repletas de carritos de golf, bicicletas y cero respeto por los transeúntes que son los ajenos en las calles. Los edificios son conformados por un mismo estilo setentero y todos son de colores pasteles. Inicio la caminata buscando salir de la zona turística y descubrir la zona centro o zona pobre. No tardo mucho encontrarme casas viejas sin colores pasteles, pero eso si, casi todas de dos pisos. El tipo de piel dominante es obscuro y camino con esperanza de encontrarme alguna señora ofreciendo alguna sabrosura de cenar. Sigo caminando y se va poniendo todo más oscuro, dejo de ver turistas y aún no hay nada atractivo y autóctono tan destacado como para quedarse por ahí, decido regresar y ceno mariscos en una casa cerca de la zona turística con sus dosis de rice&beans típico del lugar. Antes de dormir he preparado un viaje a los arrecifes para snorkelear, me hubiera gustado más el buceo pero no tengo mi licencia PADI. Llego a mi discreta habitación con sala y cocina y duermo como bebé en una cama que te derrite de sueño.

Al día siguiente mi cita es en los muelles y me recoge una lancha pequeña con cerca de 11 personas. Todos gringos y viejos. O jóvenes con mala cara y sin ganas de hacer nuevos amigos. El mundo no se equivoca al ponerlos en su lista de los menos queridos. Decido que no me importe pues vine por la experiencia y vaya que empezamos bien, avanzamos cerca de un kilómetro mar adentro y para mi sorpresa al bajar podíamos tocar la arena. Aún nos estábamos acomodando y ya nos recibía una gran tortuga en el camino. Empezamos la ruta y fue asombroso nadar entre manta rayas, barracudas, morenas y tiburones. Una tarde no basta para conocer el arrecife pero te da una buena idea de lo maravilloso que tiene en él.

Regreso con un hambre voraz después de haber nadado tanto y más siendo un pésimos nadador. Me encuentro un buen restaurante  que me ofrece un buen pescado frito y una cerveza Belikin oscura muy buena. Una terraza muy a gusto para una lectura después de la buena comida. Una vez en el hotel tomo una bici y me decido ir a conocer el otro lado de la isla de San Pedro, para mi sorpresa sólo hay residenciales de extranjeros retirados que han encontrado en este país su paraíso para descansar.

Las construcciones están lejos de ser discretas y lo más atractivo sigue siendo la vista al mar caribe. En uno de los costados hay un gran manglar y decido que será ahí la parada para tomar mi foto sello de cada viaje. El reto era que estaba sólo en medio de la nada y tenía que improvisar, 4 oportunidades bastaron para tener la toma deseada.    Regresé después de sentir que mi piel comenzaba a arder y el cansancio en mis piernas empezaba a hacer merma. Una extraordinaria ruta de silencio y grandes paisajes lejos del bullicio de los carritos de golf. Antes de cenar compré mi boleto para volar a la ciudad de Belice y de ahí tomar mi camión a Tikal en guatemala.

Salí a cenar y me tope con un beliceño que me ha caído muy bien, vendía artesanías pero también era un tipo culto y muy conocedor de Belice y Guatemala y dado que mi plan no tenía un rumbo claro me ha servido de guía de una manera extraordinaria. Con sus dos hijos con él, era de esas personas que siempre se ponen en tu camino para ayudarte. Ceno delicioso y me despido de San Pedro… mañana Guatemala me espera….

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